domingo, 11 de septiembre de 2011

EL ABUELO


Sentía los pensamientos horadados


por un túnel

de larguísima nostalgia.

Estaba siempre al sol de los recuerdos

y decía: < cuando estos brazos ...>

-< Cuando una piedra azul

se me resista >

Preguntaba a los mineros

si eran buenas las noches

bajo tierra. Si estaban cerca

de algún río.

llevaba los recuerdos vivos


como anguilas


en todos los rincones de la piel,


y sonreía

cuando la tarde

cerraba a cal y canto

los deseos.

EL NIÑO


El niño jugaba con un trozo


de carbón.


Era un tronco de brillos


azulados


como el atardecer,


como la piel

de algunos animales.

El niño apretaba en sus manos

un caballo

o una gacela gris


que le iba tiñendo l


os ojos y los dedos.


Jugaba con un trozo


de carbón

y no sabía sonreír.

JOSE


Decía: .< Buenas noches >,

y se convertía en un deseo


cada sílaba.

Gritaba: < Vamos todos >,

y nos sentíamos apretados


con su prisa.


Sabía sonreír de tantos modos

que el rostro se alzaba

en mariposas

o en manos de saludo.

Si exclamaba: < Nadie- > o < Todos > ,

teníamos que mirarnos

para estar ciertos

de que nada

se había ido de nosotros.


Nunca aprendió a llorar


porque la muerte


vivía siempre junto a él


como un dolor

de cada día.


EL CAPATAZ


Lo miras y no es más


que un área fría


de huesos y silencio.


Lo llamas

y marcha con tu gesto

igual que un perro agradecido

de ser útil.

Tiene las manos detenidas

y toda la voz cubierta

de roturas,

porque sólo utiliza una palabra.

Solamente dice: < Ya veremos ... >.

Le preguntas

por dónde va el carbón

y se hace gesto

hasta el último lugar

de su mirada.

Tiene azules las manos,

pero dice que no es viejo,

conoce muchas cosas

y no le caben en la piel.


Por eso es lento.


LA MUCHACHA


Era unos ojos blancos

como balcones abiertos

a la nada.

Quiso marcharse un día,

cuando el camino era de niebla

y no pudo encontrar

una salida.

Se le fue quedando pequeña

la voz, como una flor

sin pensamiento

que se aprieta en la mano

hasta matarla.

Era unos ojos limpios

como el agua

adormecida.

Quiso marcharse un día,

con el carbón ardiendo

en la mirada,

pero habían muerto los caminos,

Quiso decir: < Tristeza >,

y no sabía,

aún no sabía

que se le habían secado todas

las palabras.

RETRATO


En un metro sesenta de estatura

y de misterio

se esconde el alma sin asombros

de este niño. Cuando mira,

las cosas parecen acercarse

a un ansia primitiva

de ser útiles,

de tener unas manos por vecinas.

Cuando vuelve de la noche

lleva un reto contra el aire,

una fuerza de roca golpeada,

de roble sin amor,

que nos cautiva.

Es el hombre sin respuesta.

Este es el hombre

que pregunta por el fuego

y por la lluvia

cuando el viento y en el viento

es mediodía.

EL PICADOR

Volvía con la fatiga

doblada sobre el hombro

como un cántico.

Solamente el miedo y la canción

le estaban permitidos.

Tenía las manos escritas

con palabras

que nadie había leído,

que nunca serán consideradas

como nuevas.

Subía por los bancales

masticando la niebla

a bocanadas,

por temor a olvidarse

de que el aire

es vida gratuita.

Tenía la voz oscura como el viento,

y una larga historia

de raíces

en la piel.

No sabía que algunos días amanece

y el agua también puede

volverse de colores.